martes, 7 de abril de 2015

Ensayo y (t)error




Sentada en el paradero, pensaba si la vida se podía disfrutar.
Cómo disfrutarla si se pasan horas y horas trabajando para un otro, y no para uno mismo.
El dinero de fin de mes se des-hace entre los dedos como sal y agua, las sonrisas de los niños, se desvanecen como algodones de azúcar en la lluvia, mientras yo, sentada observo que la micro una vez más pasó de largo, porque el chofer no trabaja para mi, sino que para un patrón que lo esclaviza si no llega a tiempo a su destino.
Nuevamente me pregunto; ¿para quién vivo? ¿Para quién trabajo? ¿Disfruto lo que hago o hago que lo disfruto?
Mientras me pregunto estas filosofías baratas, él se acerca y comienza a susurrarme -casi adivinando- que no estoy tan equivocada, solo se debe intentar buscar la sonrisa más sincera, porque entre el gentío de la vida, hay muchas que son falsas.
Me detengo en mi divagar y veo que tiene absoluta razón, además, me concentro en sus ojos cuasi orientales y añado que junto con la sonrisa sincera, se encuentra el brillo de los ojos que solo pocos tienen.
Llego a mi destino, miro desde la cima aquel abismo que me invita al suicidio, pero nada saco, no podría, no me atrevo. Tengo una obsesión con el brillo de las miradas que constantemente me hago creer que son sinceras a sabiendas que me equivoco constantemente.
Pero las sonrisas son eso, eso y nada más, la sinceridad se la atribuye uno.
Los ojos no mienten
Mi corriente de la conciencia se acaba
Divago, pienso y luego existo. o al revés quizás.
Ensayo y error dicen que se llama.


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